Coraje.
En cualquier idioma, la palabra tiene una sonoridad especial, tanto —imagino—por el modo reverente en el que se pronuncia como por la propia fonética del término. Coraje. La palabra evoca imágenes de grandes gestas y grandeza de espíritu: el gesto estoico y determinado plasmado en los rostros de hombres que defienden las murallas de su ciudad frente a una horda de enemigos; la entereza de una madre que cuida de sus hijos cuando el mundo entero parece haberse vuelto hostil. En muchas de las grandes ciudades del mundo, niños sin hogar y sin familia sobreviven en las calles. El suyo es un coraje excepcional, ya que afrontan privaciones tanto físicas como emocionales.
A menudo me pregunto cómo habría sido La Historia si el corazón de los seres humanos no se corrompiera tan rápido. Pero no confundo la curiosidad con la compasión.
Yo transformé mi vida en una cárcel fría, vacía y desolada. Yo mismo construí sus paredes. Me recluí en ellas y cerré la puerta. Yo era mi propio guardián mi propio carcelero. Y dio resultado. Nada me había afectado en ese tiempo. El dolor, la compasión, la pena, el remordimiento: ninguno de ellos podía pasar sus muros. Tenía miedo, miedo de enfrentarme a la vida, de desenvolver los hermosos regalos que ésta ofrece y descubrir que los envoltorios solo contenían basura. De que se descubrieran mis defectos; mucho después me di cuenta de que solo quien es incapaz de corregir sus defectos siente la necesidad de convencer al mundo de que no tiene ninguno.
No fui valiente cuando me abandoné a la tristeza, porque, en el fondo de mi corazón, me sentía como si no tuviera nada que perder. La gente que tiene coraje no renuncia a la esperanza.
Lo entendí cuando miré unos ojos en el exterior del muro de tristeza que me rodeaba. Comprendí el significado de la palabra coraje en toda su extensión.
Y, por primera vez desde lo que pasé con mi padre, desde los abandonos de mis ex desde, la muerte de mi abuelo o desde que enfermé sentí inspiración, sentí que todavía estaba vivo, y más importante y más difícil aún: sentí que el mundo estaba vivo a mi alrededor. Había luchado como un tigre acosado, salvajemente, despiadadamente, por lo que creí que era lo mejor para mí y para los demás: la soledad, pues me consideraba un monstruo y me comportaba como tal. Pero hasta que me miré en los ojos de mi leal amiga no recuperé el espíritu del guerrero. Desaparecieron mi resignación y mi pasivo sometimiento al destino. Aprendí que la Verdad es amplia, vasta, profunda e inacabable, y lo único que uno puede esperar era ver una pequeña parte de ella. Y ver esa pequeña parte y confundirla por el todo es falsear tal Verdad.
En aquellos días, las medicinas devolvieron las fuerzas a mi torturado cuerpo; la expresión estoica y determinada en el semblante de mi amiga devolvió la fortaleza a mi espíritu. Juré entonces que resistiría, que me enfrentaría a los abrumadores acontecimientos, y que lucharía para ganar. Y todavía no he roto mi juramento.
Cuando vi a mi amiga luchar por los dos, recordé lo mucho que tenía que perder. Recobré el espíritu del guerrero.
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