Prólogo
Era un viernes del montón, una noche más, otra noche en El Gato Negro. El camarero nos servía la octava ronda de la noche, al mismo tiempo que recogía las mesas y bromeaba con nosotros.
A mi izquierda, Ramón había comenzado a ponerse amarillo mostaza. En su caso beber era un suicidio. Yo sabía que debía de dolerle mucho, pero si él no me la pedía no le ofrecería ayuda. Solo hacía poco más de un año que le había donado parte de su hígado a aquella desconocida... Y por eso era y es un héroe para todos nosotros; aunque, pensándolo bien, todos fuimos héroes en busca de auxilio, los cinco estuvimos frente a frente con la parca, todos le escupimos en su fea cara y seguimos a lo nuestro.
Esa noche Ramón murió vomitando sangre en el baño del bar, ninguno de los cuatro que estábamos con él podría decir que no le echaríamos de menos. Hasta el camarero, que se había peleado con él muchas veces le tenía cariño.
Como siempre, me había tocado bailar con la más fea: tuve que registrar su piso en busca de los papeles para preparar el sepelio; Ramón no tenía familia, nos tenía a nosotros , él decía que éramos más que suficiente, aunque en secreto me había confesado que le gustaría haber sabido que se sentía teniendo mujer hijos, padres vivos o hermanos. Pero nos tenía a nosotros...
Al día siguiente quedamos otra vez en el bar, yo llegué más tarde, el dueño había preguntado a los demás si queríamos que cerrase por respeto, ellos, obviamente dijeron que no; aunque por las caras de todos los presentes parecía que el duelo se celebraba en El Gato Negro.
De repente Estela dijo- Ya no volverá a reír de esa manera tan estúpida- y rompió a llorar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario